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stos humanos no tienen paciencia… ¿Te acuerdas de que ayer te comentaba que olía a regalos en el armario del dormitorio de mis dueños? Pues hoy ya tengo el mío, se ve que no han podido esperar y ya tenemos la casa escampada con el papel de regalo de dichos paquetes. Sí, a Orión le ha gustado más esparcir y romper todo ese papel que liarse a mordiscos con su enorme hueso de galleta…

Hablando de huesos de galleta… Me han regalado uno más grande que un Pekinés, si me muevo con él tengo que hacer verdadera fuerza para que no se me ladee la cabeza como un perro de esos de juguete que van en el maletero de muchos coches. Encima me han salido agujetas, porque desde ayer por la tarde he estado buscando el mejor escondite para guardar este hueso. Incluso salí al jardín a enseñárselo a Rodolfo, con lo que imagina el esfuerzo que he tenido que hacer para llevar y traer el enorme hueso de galleta. Aunque ya no tendré que esforzarme tanto, porque el hueso ha dejado de ser enorme. Sí, diario, ahora es grande. No, creo que empieza a quedarse pequeño…

e huele el misterio, diario, esta semana es decisiva para los humanos. Sí, tiene algo que ver con unos supuestos Reyes que se supone que son mágicos, haciéndoles regalos sin que se sepa muy bien de dónde vienen. Aunque a mí no me la dan, que por algo Chic es una perra muy lista: los regalos se los hacen entre ellos. ¿Que cómo lo sé? Porque los he olido: los tienen escondidos en el armario del dormitorio.

Puede que los humanos piensen que actúan sin que los demás se den cuenta, pero lo cierto es que van dejando demasiadas pistas por detrás como para que alguien con el olfato de un sabueso no les descubra. Y más sabuesa que yo no hay nadie en casa, que siempre descifro todos los misterios. Como esa vez que escondieron mi zapatilla en el jardín para que la buscara o me tiraron la pelota tan lejos que acabó perdida entre unos matorrales, acabé resolviendo los misterios con sólo seguir su rastro. Aunque confieso que ahora hay algo que sí me intriga, y tiene que ver con los regalos que hay en el armario del dormitorio. Puedo oler el papel de regalo, el plástico de los lazos decorando el exterior o el celo extendido sobre los paquetes. Pero hay un olor que me intriga mucho, algo como… a galletas de perro. ¿Quiere eso decir que también hay un regalo para Orión y para mí? Recuerdo que el año pasado recibí un hueso enorme, por lo que no sería extraño que estos Reyes volviera a caer algo por el estilo. Diario, no sabes cómo estoy deseando hincarle el diente a eso que huele tan bien…

uestro dueño bebé casi ha cumplido un año humano, y eso se nota claramente en toda la curiosidad que muestra por los adornos recién colocados de Navidad, las luces del árbol y todos esos objetos llamativos y rojos con los que se llenan las casas por estas fechas. Y la curiosidad ha dado paso a la comprobación, porque no sólo ha crecido en altura, también le han crecido los brazos: ¡llega a todas partes!

Ayer, mi dueño bebé se puso de puntillas y alcanzó el borde de la mesa de la mesa del comedor, tirando al suelo todo lo que estaba próximo. Y entre todas esas cosas, además de piñas, ramas secas de pino y unos frutos rojos de plástico que sólo sirven de bonito, también cayeron unos trozos de turrón y algunos dulces de aquellos tan pegajosos. Sí… polvorones. El caso es que los polvorones se los comió Orión, que le encanta cualquier cosa que tenga sabor agradable, y yo preferí dedicarme a las porciones de azúcar y caramelo, un turrón marrón que, a pesar de formarse una pasta en el hocico, lo cierto es que estaba bastante bueno. Y no te imaginas cómo se reía mi dueño bebé con Orión y conmigo, del ataque que le dio se hizo hasta caca. Unas risas de mis dueños después… ni te imaginas.

stos humanos tienen costumbres muy raras por Navidad, diario, ayer lo comentaba con Rodolfo. Y no te creas que el hecho de comerse la mitad de las reservas para el año en unos pocos días es lo más extraño, que luego está lo de juntarse toda la camada en una casa aunque se lleven tan mal como un gato y una piscina, adornar la casa con los objetos más extraños para luego quitarlos pocos días después, ponerle comida y bebida a unos camellos imaginarios y la costumbre más extraña de todas: cantar villancicos. Cómo explicarte lo que es un villancico… Ya sé, Rodolfo lo definió perfectamente: como si un gato entonara una canción mientras le pisan el rabo…

Y es que ayer vimos un coro de niños recorriendo las casas mientras iban recitando una especie de maullido estridente que iba despertando ladridos conforme avanzaban por la urbanización, hasta que, al final, ningún perro se quedó sin aportar su granito de arena. Ni yo tampoco, claro, fui con Orión hasta la verja y no paramos de ladrar hasta que se caminaron calle abajo. Pero eso no es todo, ¿sabes lo mejor? ¡Les pagan! Sí, estas costumbres humanas son muy extrañas. Si tú alborotas ladrando te riñen, pero si un niño canta le premian.

¿Sabes qué? Voy a montar un grupo perruno con Rodolfo y Orión, nos vamos a llamar “Los perros del coro”. Y pediremos galletas y filetes, esta Navidad nos vamos a llenar el estómago…

ué mañana hemos tenido hoy, diario. Aunque el primer paseo es siempre bien temprano, el de hoy lo ha sido algo más, estando la calle más oscura que el hocico de un Pastor Alemán. Y fría, lo del invierno hay que empezar a tomárselo en serio. Sí, ya sabes que no soy excesivamente friolera, pero esta mañana, nada más poner las patas en la calle, ya me entraron ganas de volver al calorcito de la cama de mis dueños. Y eso que apenas podía aguantarme de toda la noche…

Contra el frío, carreras. Así que me puse a correr como una loca de aquí para allá hasta que mis patas entraran en calor, y no tardó en unirse a mí Orión que, con su bamboleo típico de Bulldog Francés, también trataba de sacarse de encima la escarcha de madrugada que nos caía en el lomo. Aunque no sólo nosotros andábamos más tiesos que un gusano escarbando en la nieve, nuestro dueño estaba bien escondido dentro del abrigo temblando como un gato recién salido del baño. Total, que el paseo matutino duró lo justo para vaciar todas las ganas, incluidas las de correr, y antes de que pudiera pensar en seguir rastros, ya estábamos de vuelta en casa, con el calorcito de las estufas. Vaya, que sólo me he movido de ellas para escribirte estas líneas, y ahora me voy de vuelta. Aunque antes voy a ver si puedo saludar a Rodolfo…

ué mal día pasé ayer, diario, y todo por culpa de mis ansias de comer. Sí, ya sabes que a los perros lo que verdaderamente nos pierde es la comida, y basta con que olisqueemos algo que podamos llevarnos al estómago para que, evidentemente, nos lo comamos. Y ayer me comí una caja de polvoronoes. Como ves, ya me he aprendido el nombrecito de marras: polvorones. Y seguro que ya no lo olvido…

El caso es que mis dueños dejaron una bolsa extraña en el garaje, seguramente se les olvidaría cuando regresaron de comprar. Y el caso es que olía a comida, aunque con unos olores intensos y poco habituales. Anís, coco, chocolate… y otros que soy incapaz de identificar pero que, evidentemente, atraían mi hocico, junto con el resto del cuerpo. Por lo que mis instintos se apoderaron de mí y acabé metiendo la cabeza en aquella bolsa, desparramándolo todo por el suelo, localizando la caja de los deseos hechos polvorones y, como no podía ser de otra manera, merendándome aquellos dulces de uno en uno y con un sólo bocado. Con el plástico y todo, que no soy tan exquisita como los humanos.

Me acabó doliendo el estómago, claro. Y al día siguiente, en lugar de desahogarme como acostumbro, eché unas pelotas con más colores que un árbol de Navidad, llamando inmediatamente la atención de mis dueños. Y también la compasión, aunque primero vino el castigo: no volver a tomar más polvorones. Aunque qué quieres que te diga… creo que eso es un premio. ¡Que no me dejen comer más ese cemento dulce!

yer probé una cosa que no había probado antes, diario, era algo realmente extraño. Sí, cómo explicarte… Es un amasijo dulce que se te pega a los colmillos como el barro del fondo de un charco que ya no tiene agua, y que se te queda atascado en la garganta necesitando de mucha agua para conseguir dirigirlo hacia el estómago. Vale, está bueno, pero es bastante complicado de comer. ¿Cómo lo llaman los humanos? A ver… ¡Ah, sí! ¡Polvorón!

Ese es un dulce típico de Navidad, se ve que está en todas las mesas por estas fechas. Igual que unos cuadrados de azúcar a los que llaman turrones, piedras dulces de color blanco con nombre de peladillas y unos frutos secos que se ve que se comen sin cáscara: pistachos. Aunque yo me merendé un puñado sin pelar y quedé tan fresca, después del polvorón una se puede comer cualquier cosa.

En fin, que ya ha llegado de lleno la Navidad. Hemos preparado el árbol, adornado toda la casa y sacado las luces con las que mis dueños iluminan la fachada, nuestra casa llama más la atención que una camada de Caniches equilibristas. Pero le queda bien, lo ha dicho hasta Rodolfo. Y si Rodolfo lo dice es que es así, no hay nada más que hablar. ¡Cómo me gusta mi casa!

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